lunes, 19 de enero de 2015

La monarquía y la antigua Olimpia: épica y aristocracia (2)

La popularidad de agones como el de Olimpia y de la actividad atlética griega se expandió con firmeza en el Arcaísmo debido a factores como el sustrato deportivo de la tradiciones previas (como la cultura minoica), el impacto de la colonización o la fragmentación de Grecia en poleis. Las aristocracias dirigentes de éstas solían resolver intereses encontrados o rivalidades mediante conflictos y guerras. Una actividad bélica para la que el agonismo podía servir de entrenamiento, o incluso de sustitución. De este modo, Olimpia fue escenario de la competición inter-estatal y de la puesta en escena de unos valores aristocráticos que bebían directamente de la épica homérica.
Los aristócratas que participaban en las pruebas hípicas de Olimpia aportando carro y caballos solían contratar aurigas profesionales para asegurar de ese modo una conducción más competitiva. Los nobles no conducían, pero sí eran quienes obtenían la victoria ya que eran ellos quienes ‘poseían’ la virtud y las cualidades necesarias para alcanzar la corona sagrada de olivo. Incluso llegaron a participar monarcas, algunos de los cuales pudieron convertirse en campeones olímpicos. Por ejemplo, el rey de Cirene Arcesilao IV venció en la carrera de cuadrigas del 460. La victoria olímpica era un factor más que justificaba ante la ciudadanía que unas escasas familias aristocráticas acaparasen el poder político. La razón ideológica de esta posesión exclusiva era el nacimiento dentro de una de esas pocas familias agraciadas con el favor de los dioses y que garantizaba inteligencia, habilidad, fuerza y carácter innatos. También era aplicable este discurso en las pruebas gimnásticas (atletismo y combates), donde en realidad la riqueza permitía contratar preparadores y entrenadores profesionales (Nicholson 2005 pp. 2-13).
En las odas de Píndaro o Baquílides, en las inscripciones y otros memoriales para celebrar las victorias agonísticas se mantenía en un segundo plano el papel tan fundamental del conductor del carro, porque lo que se quería era ensalzar la excelencia de la superioridad aristocrática (Píndaro Olímpica 8, 68, Pítaca 10, 22 y Nemea 7, 11). En el Arcaísmo tardío del siglo VI e inicios del V proliferaron estos encargos para celebrar la propia victoria con un sentido de auto-propaganda por parte de la clase alta. Se trataba de un momento de cambio social y político en muchos estados griegos, ampliándose los derechos políticos a sectores de la ciudadanía en detrimento de los clanes aristocráticos hegemónicos (en algunos casos, como el de Atenas, desembocando en la democracia). Por tanto, un gran aristócrata necesitaba aprovecharse de su mayor disposición de medios para triunfar en Olimpia y otros agones para publicitar sus cualidades superiores y exclusivas y, de ese modo, justificar unos privilegios políticos que se estaban poniendo en cuestión por aquellos grupos sociales excluidos de la actividad política.
Una polis que mantuvo el régimen de la monarquía (en realidad, la mayoría de aristocracias arcaicas actuaban como tal), y además durante muchos siglos, fue Esparta. En la edición de la prueba de cuadrigas del 504, el rey espartano Damarato consiguió ser proclamado campeón olímpico. Otro rey, Agesilao II, que reinó a principios del siglo IV a.C., justo desde el inicio de la hegemonía de Esparta sobre el mundo griego tras la victoria del 404 en la Guerra del Peloponeso, quiso demostrar el poder y riqueza de su reino en el lugar de reunión por excelencia de todos los griegos: Olimpia. Según Jenofonte y Plutarco, él fue quien encomió a su hermana, la princesa Cinisca, a que participase en la carrera de carros de los Juegos Olímpicos. Venció dos veces, en el 396 y el 392 a. C.
Los mencionados cambios socio-políticos durante el cambio del Arcaísmo al Clasicismo conllevaron, entre sus consecuencias, la aparición de regímenes denominados tiranías (sin las malas connotaciones contemporáneas). El tirano tenía un gran poder personal, semejante a una monarquía, tras asumir todas las funciones de gobierno de forma ilegítima, muchas veces con apoyo popular o militar y enfrentándose a otros aristócratas. Muchos tiranos acabaron adoptando el título de basileus, en griego rey. Además, la necesidad de aparecer como legítimas llevó a muchas tiranías a buscar la aceptación de sus conciudadanos mediante la asistencia y la participación en los santuarios panhelénicos y sus pruebas atléticas.
Clístenes de Sición fue uno de los primeros tiranos en ejercer este patronazgo, al financiar la recuperación de los Juegos Píticos de Delfos (afectados por la Guerra Sagrada de principios del siglo VI a.C.). Además, venció la carrera de carros de estos Juegos en el 582 y en los Olímpicos en el 576 y el 572. El famoso tirano de Atenas Pisístrato también venció en esta prueba, en el 532. Fue en el ámbito colonial de Sicilia y el sur de Italia donde el régimen de la tiranía tuvo su mayor auge, evolucionando a verdaderas monarquías en casos como el de Siracusa, y donde más vinculación tuvo con los agones de Olimpia. La historia política la mayoría de las victorias olímpicas de estas dos regiones se concentró entre los siglos VI y IV, coincidiendo con una historia política marcada por la tiranía.
Moneda de Siracusa durante el reinado de Hierón I: la diosa Niké de la victoria corona los caballos que tiran una cuádriga

Dionisio I de Siracusa hizo acto de presencia en Olimpia en el 388 acompañado de un séquito sumamente pomposo. Respecto a las competiciones atléticas, especialmente las ecuestres, la conmemoración de una victoria (no sólo propia, también la de un conciudadano se presentaba como un éxito del tirano) se exhibía sin reparar en gastos, y fueron encargadas odas para capitalizar la alegría colectiva. Así hizo Hierón I de Siracusa, quien solicitó a Píndaro una composición para su general y amigo Cromio, que había vencido en Nemea en la carrera de carros. El mismo Hierón I venció en la carrera de caballos del 476 y del 472.


lunes, 13 de enero de 2014

La monarquía y la antigua Olimpia: épica y aristocracia (1)


En los dos poemas épicos atribuidos tradicionalmente a Homero y referentes de la literatura griega, la ‘Ilíada’ y la ‘Odisea’, se encuentran las dos primeras referencias literarias de la Historia al atletismo griego. Homero nunca menciona los Juegos Olímpicos, ya que se trataría de un anacronismo, pero sí que describe con gran rigor los distintos tipos de competiciones atléticas y la naturaleza social de quienes las practican. En el canto 23 de la ‘Ilíada’ aparecen, dentro de las honras funerarias ofrecidas a Patroclo, asesinado por el troyano Héctor, ocho competiciones atléticas en la que los héroes aqueos se enfrentan entre sí para obtener algún premio (Homero, Iliada 23, 256 – 897). Acorde a la naturaleza épica y guerrera de este poema heroico, donde los protagonistas son príncipes y reyes, el contexto de estas competiciones no se contradice en absoluto con este ambiente. Todos los hombres que compiten en estos juegos funerarios organizados por Aquiles son caudillos y monarcas de los reinos aqueos que asediaban Troya.
Games in Honour of Funeral of Patroclus, por Carle Vernet
 Se esfuerzan por alcanzar el premio estipulado que no es sino poder demostrar ser poseedores de la excelencia y la areté que se les supone por su condición. Quien venciera confirmaba ser un aristos (el mejor) miembro de los aristoi (las familias aristocráticas). La prueba que mayor protagonismo adquiere para Homero fue la carrera de carros tirados por dos caballos, un evento ecuestre en el que participaron cinco reyes. En el resto de competiciones fueron igualmente los reyes aqueos quienes compitieron por aumentar su nobleza y quedarse con alguno de los ricos premios (Crowther 2007 p. 42; Kyle 2007 p. 77; Miller 2004, pp. 1-11).

En la ‘Odisea’, el otro poema épico atribuido a Homero que probablemente se redactó durante el siglo VIII[1], y que se centra en el viaje del rey de Ítaca Ulises para regresar a su palacio, se vuelven a describir actividades atléticas con unas connotaciones sociales claramente elitistas. Un Ulises náufrago llega a una isla desconocida pero donde sus habitantes, los feacios, lo reciben con gran hospitalidad, llegando a organizar un banquete y un concurso atlético en su honor organizado por el rey de los feacios (Homero, Odisea 8, 100 – 214). El hijo de éste invita al extranjero a participar en las pruebas, y Ulises, aunque reacio al principio, acaba aceptando para que no se tenga duda de su nobleza. Efectivamente, el rey de Ítaca acaba demostrando ser un aristos cuando en el lanzamiento de disco vence sin que ningún otro consiga acercarse.

En los siglos IX y VIII a.C. en Grecia se fue configurando la polis (ciudad-estado) como modelo territorial, político y social en un proceso dirigido por la cúspide de la sociedad. Aquellas familias aristocráticas que durante el primer Arcaísmo estaban acaparando el poder social, político y religioso (los agones eran manifestaciones religiosas en santuarios como Olimpia o Delfos) habiendo heredado las prebendas de unas viejas monarquías que iban mutando en estas aristocracias, paralelamente a esa configuración de la polis griega. La propia ciudad de Elis, encargada de administrar la vida del santuario, fomentó a posteriori un origen mítico y regio de los Juegos Olímpicos. Este mito, transmitido por Pausanias, narra cómo el Oráculo de Delfos sugirió al rey Ífitos de Elis instaurar los Juegos de Olimpia (Pausanias 5, 20, 1).

sábado, 4 de enero de 2014

¿Realeza en los Juegos? ¿Algo del pasado?


Además de los espectáculos originales, las ceremonias de apertura también contienen tradiciones fijas. No tienen legado clásico alguno, siendo inventadas en las primeras ediciones del siglo XX. Probablemente, la tradición más conocida y popular sea el desfile de los países participantes, cuyo único guiño a la Antigüedad es el de otorgar a Grecia el honor de ser la primera nación en aparecer. A su vez, es el país anfitrión el que cierra el desfile. Habiendo caído ya la noche aquel 25 de julio barcelonés, fue durante este desfile cuando se produjo una de las imágenes más reprentativas de la ceremonia y probablemente de todos los Juegos del 92. Los deportistas españoles, como anfitriones de éstos, fueron los últimos en aparecer en la pista del Estadi de Montjuïc, y a la cabeza de ellos, ondeando la bandera española, iba el príncipe Felipe. Ese instante, seguido por el de su hermana la infanta Elena llorando emocionada en el palco, forma parte de los momentos más representativos de nuestra historia más reciente. Aún hoy, más de dos décadas despúes, es habitual ver repetidas en televisión estas imágenes del Príncipe de Girona como abanderado en la ceremonia de apertura.
Otra tradición de gran importancia en estas ceremonias es el del discurso de apertura de los JJOO a cargo del jefe de estado del país organizador. Aquel día de julio, el rey Juan Carlos I, desde el palco del Estadi, pronunció la siguiente fórmula: “benvinguts tots a Barcelona. Hoy, 25 de julio del año 1992, declaro abiertos los Juegos Olímpicos de la XXV Olimpiada de la Era Moderna”. Los Juegos de Barcelona 1992 quedaban inaugurados de forma oficial con estas palabras. De este modo, se produjeron en el transcurso de esta ceremonia de apertura uno de los momentos que siempre irá asociados al reinado de Juan Carlos I. En especial, como ya se ha indicado, el recuerdo del príncipe Felipe al frente de los deportistas españoles.
Pero esta aparición de la familia real española no era inédita en unos Juegos Olímpicos. Ni fue la primera vez que los Borbón tomaban parte en una ceremonia de apertura olímpica, ya que la infanta Cristina fue la abanderada española en el desfile de Seúl 1988, ni se trata de un raro caso de vinculación entre la realeza y el olimpismo. La historia de éste está plagada de personajes de sangre azul, un hecho que se remonta a los mismos orígenes del agonismo griego. El santuario de Olimpia fue testigo de la presencia de muchos monarcas, desde reyes de época arcaica hasta emperadores romanos. Es muy posible que el alto prestigio social que han caracterizado las competiciones olímpicas, uno de los rasgos más notorios que ha heredado el olimpismo moderno del antiguo, explique que también haya sido abundante la presencia de monarcas desde los JJOO de 1896 hasta la actualidad.

martes, 10 de diciembre de 2013

Los deportes del 2004: guiños a la Grecia antigua


Sobre los símbolos más destacados de los JJOO, por ejemplo la ceremonia de entrega de medallas a los vencedores y la mascota que busca dar un toque divertido, también se recurrió al atractivo poder sentimental de la Antigüedad griega. Como mascotas se eligió una pareja de niños llamados Phevos (por Febo, uno de los epítetos de Apolo que hacía referencia a su rol como dios de la luz) y Athena (por Atenea, la diosa protectora de la polis de Atenas). El diseño recuerda claramente las figuritas de terracota del siglo VII a.C. de cuerpo acampanado llamadas daidala y que eran usadas como representación de Atenea con rostro de lechuza. Oficialmente, el significado de las mascotas era exhibir el valor de la raza humana para conmemorar la humanidad que siempre ha sido el alma de los Juegos Olímpicos (a pesar de que los de la Antigüedad, celebrados en un santuario, tenían como sentido fundamental el culto a Zeus).
Las medallas, que desde la primera edición de 1896 son el trofeo que premian a los tres primeros clasificados en cada prueba olímpica, mantenían desde 1928 el diseño que Cassioli creó empleando como motivos la diosa Niké (para los griegos, personificación de la victoria) sentada mientras en una mano sostiene una palma y en la otra una corona vegetal como la que premiaba a los que vencían en los cuatro certámenes atléticos griegos, viéndose detrás el lateral de un anfiteatro romano. Para 2004, se innovó con un nuevo diseño realizado por la griega Votsi, en el que se representaban tres elementos de la Grecia clásica para insistir en el origen helénico de los Juegos.
Se mantuvo la diosa Niké, aunque cambiada porque se mostraba la escultura helenística de la Victoria alada de Samotracia. Y en el anverso estaba también el Estadio Panathinaikó, sede de los Juegos Panatenaicos en honor a Atenea vuelto a reconstruir con motivo de los JJOO de 1896. En el reverso aparecían inscritos los dos primeros versos del octavo poema de Píndaro en honor a Olimpia (Píndaro Odas Olímpicas 8), en donde el poeta clásico invoca al santuario como si se tratase de una divinidad que muestra las verdaderas cualidades de un individuo. Además, en la ceremonia de entrega de medallas se innovaría añadiendo el hecho de ceñir la cabeza de los premiados con una corona de hojas de olivo. La corona de olivo era el premio en los Juegos de Olimpia, de laurel en los Píticos de Delfos, de pino en los Ístmicos de Corinto y de apio silvestre en los Nemeos. Esas coronas se armaban con las ramas del árbol sagrado de la divinidad a la que estaba dedicado cada santuario, un objeto modesto pero cargado de una sacralidad de la que careció en la Grecia del 2004 (Salvador 2009, 84-85).
Durante las mismas pruebas deportivas se quiso imbuir a los Juegos de ese barniz histórico y clásico con el que se diseñaron el ceremonial, la iconografía y demás aspectos, eligiendo escenarios de la Antigüedad para algunas de las pruebas más ligadas a la esencia olímpica contemporánea. Los organizadores quisieron llevar parte del atletismo a lo que queda del estadio de Olimpia, donde se celebraban los agones atléticos. Aunque esperaban poder celebrar ahí el lanzamiento de disco, como recuerdo del lanzamiento de dískema, una de las cinco pruebas que integraban el pentatlón, las dimensiones del recinto y las marcas que se alcanzan en esa prueba (el récord mundial supera los 74 m) hacía vulnerables los laterales, poniendo en peligro a los espectadores. De ese modo, se celebraron en Olimpia las pruebas masculina y femenina del lanzamiento de peso, prueba que no existía en la Antigüedad pero que era la más indicada por las características del espacio.
Adam Nelson, vencedor del peso en Olimpia (fuente: IAAF)
La carrera del maratón se ha ido celebrando en todas las ediciones de los JJOO, alcanzado tales cotas de espectáculo y leyenda que desde pronto se convirtió en la prueba olímpica tradicional por antonomasia. Es la última competición a disputar antes de la ceremonia de clausura, la culminación tras dos semanas de deportes. La carrera de 2004 siguió el mismo recorrido que en 1896, comenzando en Maratón, donde se alcanzó la victoria griega contra los persas, y concluyendo en el Estadio Panathenaikó. Volvía a recorrerse la distancia que completó aquel soldado elevado a héroe como símbolo de la gesta militar de Atenas antes el Imperio Persa. Pero todo el significado histórico quedó eclipsado por el incidente protagonizado por un sacerdote irlandés, que atacó al brasileño De Lima, que iba primero a falta de 7 km pero que perdería las opciones al oro tras el ataque. El COI, como acto de reconciliación, otorgó al atleta la medalla Pierre de Coubertin (Wallechinsky y Loucky 2008, 154).
Paolo Bettini y S. Paulinho, oro y plata, con la Acrópolis detrás (fuente: IOC)
El mar y la navegación, factores esenciales del esplendor de Atenas durante su hegemonía en la Liga Ático-Délica del siglo V a.C., estuvieron presentes en el deporte de la vela, cuyas regatas se llevaron a cabo en el golfo Sarónico, entre la isla de Salamina y la costa occidental del Ática. Para el ciclismo se seleccionó un duro circuito por el centro histórico de Atenas, con subidas a la colina Lycabetous y al Acrópolis. Los ciclistas pasaban junto al Partenón, siendo la parte de la competición más fotografiada cuando dejaban atrás el famosísimo templo.

martes, 3 de diciembre de 2013

La llama olímpica y la ceremonia de apertura de Atenas 2004


El 25 de marzo de 2004, otra vez el día nacional de Grecia y en las ruinas del antiguo santuario de Olimpia, se realizó una ceremonia en la que una sacerdotisa, papel interpretado por una actriz griega, vestida con túnica blanca como otras actrices, se dirigió a los restos del templo de la diosa Hera. Allí, tras pedir al dios Apolo (sin ninguna vinculación con este santuario, aunque sí con el de Delfos) que alumbrase los Juegos, la sacerdotisa procedió a encender la antorcha al hacer converger los rayos del sol sobre un espejo cóncavo. Luego, otro actor también griego leyó: “aquí renacerá la luz con una chispa de Dios, partirá y correrá fuera de Olimpia llevando el gran mensaje de unidad de los pueblos y paz en el mundo” (El País, 26 de marzo 2004). Durante los próximos meses, esa antorcha encendida recorrería 34 ciudades del mundo y los cinco continentes hasta llegar el 13 de agosto al Estadio Olímpico como punto culminante de la ceremonia de apertura (Guía Marca de Atenas 2004, 28).
Los anillos, 'encendidos' desde Olimpia (fuente: IOC)
La tradición del encendido de la antorcha olímpica en Olimpia se remonta a los Juegos de Berlín 1936, cuando su organizador Carl Diem, inmerso en la magnificencia del nazismo y a la vez estudioso de los orígenes indoeuropeos del mundo griego, quiso potenciar la relación entre las pruebas olímpicas antiguas y las modernas introduciendo ese relevo de antorchas entre Olimpia y la ciudad organizadora. Sin embargo, esa idea no fue tomada de los Juegos Olímpicos antiguos, sino de unas carreras de antorchas que se celebraban en otras pruebas atléticas del mundo griego y que relatan varios autores antiguos (Pausanias 1, 30, 2).
En el ya mencionado 13 de agosto de 2004 se realizó en el Estadio de Atenas la ceremonia de apertura, el momento más emblemático y representativo de toda edición olímpica, y donde el país organizador suele preparar un inmenso espectáculo en el que deja constancia de sus rasgos culturales más típicos. Evidentemente, un país cuya formación de una identidad nacional tanto bebe del pasado (Hamilakis 2007, 57-124), y que por el peso de ese pasado había recibido la organización de los JJOO, no podía omitirlo en el evento más visto por televisión en todo el planeta. De esta ceremonia, tres me parecen que fueron los momentos en que el nexo entre la Historia griega antigua y la República de Grecia estaban más acentuados.
El primero de esos momentos hacía referencia a la relación existente entre las Olimpiadas antiguas y las actuales. En el videomarcador se veían imágenes aéreas del valle del Alfeo, deteniéndose el vuelo en el estadio de Olimpia donde se diputaban los agones atléticos. Allí había un percusionista, tocando un tambor tradicional griego. Surgía la réplica de otro percusionista que estaba en el mismo Estadio de Atenas en la orilla de la laguna artificial que se hubo montado donde normalmente está el césped. Ambos comenzaron a tocar sincronizados un ritmo griego, hasta que el hombre en Olimpia golpeó con fuerza el instrumento apareciendo de pronto una llama de ese videomarcador que volaba hacia la superficie de la laguna, prendiendo sobre el agua los cinco aros olímpicos hechos en fuego. La llama pasó del estadio de Olimpia al de Atenas. Así, se transmitía el mensaje de que los JJOO actuales son herederos directos de los que empezaron a disputarse en el siglo VIII a.C. (como una alianza de fuego, se podría decir). Y los dos Juegos forman parte de la identidad griega, simbolizada por los dos músicos.
Otro momento, centrado en el legado mítico, artístico y escultórico de la Grecia antigua, consistió en una mujer recitando un poema mientras sujetaba un busto de época clásica. Detrás de ella, un centauro (la criatura mitológica que en los tiempos primigenios fue protagonista de la Centauromaquia, donde fue derrotada por el héroe mítico ateniense Teseo) simulaba estar cazando internándose lentamente y con cautela en la laguna. Arrojó una lanza hacia el centro del estanque, punto del que iba emergiendo una reproducción gigantesca de una cabeza de la cultura cicládica, exactamente del periodo cultural Keros-Syros. La cabeza se fraccionó, apareciendo de su interior un kouros, la estatua masculina característica del Arcaísmo. Ésta también se dividía, y aparecía otra escultura masculina pero ahora con la famosa técnica de la curva praxiteliana, que empleó el artista Praxíteles en el siglo IV a.C. Todos esos fragmentos que formaban las estatuas se fueron diseminando sobre la superficie del agua, dando a entender que son las islas del mar Egeo. A continuación, un actor vestido como Eros, el dios del amor y la atracción sexual, sobrevolaba esas ‘islas’.
El momento de la ceremonia que hubo un uso más intenso de la Antigüedad y la Historia griega para enlazarlas con el presente fue la performance titulada Clepsydra (el reloj de agua que empleaban los antiguos griegos). Siguiendo una progresión cronológica, iban desfilando numerosos actores que representan los momentos más significativos de Grecia, empezando por el mundo minoico y acabando en el siglo XX. Tratándose del espectáculo con el que los griegos querían mostrar su mejor imagen al mundo, escogieron aquellos momentos que más enorgullecen a los griegos de hoy y se omitieron otros que no resultan tan gloriosos o en los que un imperio extranjero dominaba lo que es hoy Grecia. Y como demuestra Hamilakis en su ensayo, los episodios más esplendorosos para el nacionalismo griego, y que son en los que se centra el desfile, resultan ser la Antigüedad y el Clasicismo, la etapa bizantina y la configuración nacional tras la independencia de 1822 (Hamilakis 2007, 287-302).
Enumeraremos los sucesos históricos y las etapas culturales que iban apareciendo a lo largo del desfile:
– Las escenas cretenses pintadas en los frescos del palacio de Cnosos disfrutan de bastante atención (siglos XVII a XV).
– El militarismo micénico a través de la máscara de Agamenón (siglos XIV a XII).
– La cultura material caracterizada por la cerámica geométrica (siglos IX y VIII).
– Las esculturas arcaicas de kouroi y korai (siglos VII y VI).
– Las representaciones teatrales (siglo V).
– La producción escultórica más célebre de Fidias junto la obra monumental de la Acrópolis ateniense con el Auriga de Delfos al final (también siglo V).
– Los agones atléticos, hípicos y luctuorios, en clara referencia a las Olimpiadas (aparece junto al esplendoroso Clasicismo, a pesar de que el santuario tiene sus orígenes en la Época Oscura y su fin en tiempos del cristianismo).
– La expedición militar de Alejandro Magno (del 336 al 323).
– Las estatuillas de Tanagra (siglo IV a.C.).
– La Iglesia cristiana de Oriente, el monacato, San Jorge y en general una alegoría del Cristianismo como religión de Bizancio, con el marco de la arquitectura bizantina (siglos IV a XV).
– Los militares que lucharon por la independencia de Grecia (la guerra estalló en 1821 y el Reino de Grecia fue definitivamente reconocido en 1832).
– El folclore griego de este siglo XIX en que vio la luz la nueva nación.
– Los Juegos Olímpicos de 1896.
– La cultura griega a comienzos del siglo XX
– Finalmente, María Callas (la diva falleció en 1977).
Estatuas korai, periodo arcaico (fuente: IOC)

La selección de motivos resultó altamente interesada, destacando las ausencias de aquellos episodios que no son motivo de honra para el patriotismo griego. Hay un vacío absoluto desde el Alejandro hasta que con Teodosio I el Imperio Romano es oficialmente cristiano. Ninguna alusión a los reinos helenísticos ni a Roma. E igual sucede con los casi cuatro siglos bajo el Imperio Otomano. Tratándose de la ceremonia de apertura olímpica, se da especial relevancia a los Juegos de la Antigüedad y los de 1896, que son los que legitiman a Grecia como madre del olimpismo. Es notable que, aun habiéndo existido durante un milenio los agones de Olimpia, se datan en el Clasicismo y además éste se centra en las manifestaciones atenienses. En definitiva, se optó por hacer un espectáculo selectivo y acorde a los gustos occidentales, con la intención de vender Grecia como un país moderno y pujante y con un pasado cuidadosamente selectivo. Por el contrario, la ceremonia de clausura prefirió mostrar más la verdadera esencia cultural griega sin ocultar las influencias orientales (Kokkinidou 2011, 250).

jueves, 7 de noviembre de 2013

Los JJOO retornan a ¿su patria?: Atenas 2004


En 1996 el Movimiento Olímpico contemporáneo cumpliría 100 años, de modo que Atenas presentó su candidatura para celebrar esos JJOO. Aunque muchos ya asumían que acabaría acogiéndolos, fue vencida en la votación del COI por los 51 votos de la estadounidense Atlanta frente a 35 votos de Atenas. Sin embargo, la ciudad norteamericana quiso hacer un guiño a los griegos en esos Centennial Games haciendo disputar el fútbol en una ciudad llamada Athens del estado de Georgia, del que Atlanta es la capital.
Con vistas a 2004, Grecia quiso volver a acoger los JJOO aludiendo a su doble derecho histórico: por ser casa de los Juegos de la Antigüedad y de la primera edición moderna de 1896. La gran adversaria acabaría siendo la otra gran ciudad de la Antigüedad clásica, Roma, que precisamente hacía un uso interesado de ese pasado al elegir un dibujo del Coliseo como emblema de la candidatura. Atenas fue elegida en 1997 por el COI tras una intensa campaña en que recurrió, más que a describir las mismas instalaciones, a explotar la simpatía hacia la esplendorosa ciudad de la Antigüedad. Esa sensación de que el COI premiaba a Atenas más por su pasado más que por su mismo proyecto para los JJOO del 2004, queda plasmado en este artículo del New York Times publicado el día después de la elección:
The Olympics returned to the country of their ancient beginnings and the city of their modern revival when Athens was selected today by a surprisingly wide margin over Rome to be the host of the 2004 Summer Games. By a vote of 66 to 41, the members of the International Olympic Committee removed the sting of rejection that Athens felt seven years ago when Atlanta was chosen as host of the 1996 centennial Olympics. It was in Olympia, Greece, that the ancient Games began in 776 B.C., and it was in Athens that the modern Olympics were revived in 1896 (…) Once Athens demonstrated this preparedness, I.O.C. members felt they could make the sentimental choice to return the Olympics to their birthplace. ‘When you get on an equal plateau, you get the benefit of tradition and sympathy,’ said Dick Pound, an influential Canadian I.O.C. member. Carlos Ferrer, an I.O.C. member from Spain, said that after the transportation and technology problems in Atlanta, some of his colleagues felt guilty about not having awarded the centennial Games to Athens. Once the city proved capable of conducting the 2004 Games, he said, I.O.C. members ‘felt some indebtedness to Athens’”. (New York Times, 6 de septiembre 1997)
Aunque los atenienses habían renunciado a la soberbia y la falta absoluta de planificación que demostraron en la carrera por los Juegos de 1996, que ya creían suyos, justo antes de que empezaran los de 2004 se percibían “las preocupaciones que arroja un país que se encuentra en el vagón de cola de la UE, que ha tenido que modernizar todas sus infraestructuras para este gran evento y en el que aún olerá a pintura y alquitrán para el 13 de agosto [día de la ceremonia de apertura]”. Pero el comentario más habitual en casi todos los medios del planeta era la idea de que los Juegos retornaban a su tierra natal (Le Monde 15 de agosto 2004).
Esto decía el especial del diario Marca dedicado a Atenas 2004. Es decir, la elección de Atenas se debió más al peso de la Historia y del legado antiguo de la ciudad, que a su propio proyecto organizativo. El mismo presidente del COI, Jaques Rogge, lo confirmaba al declarar poco antes de ese día 13 que “Atenas 2004 es un agradecimiento a Grecia por inventar el Olimpismo” (Guía Marca de Atenas 2004, 6). En la Grecia contemporánea la cuestión de la identidad nacional y su necesidad de autoafirmarse frente a unos países europeos más poderosos, quizás añorando los gloriosos años de la hegemonía cultural antigua, fueron una razón suficiente para querer rentabilizar la organización de este evento mundial. Además de convertir los Juegos en una cuestión nacional, marginando las protestas contra el excesivo coste que implicaban, las autoridades y los medios de comunicación vincularon el éxito que supondrían con el resurgir de aquella Grecia gloriosa. Un ejemplo de ello es la repentina e improvisada iniciativa de construir museos arqueológicos y de arte por el país, que mostraran a todos los extranjeros que asistieran a Atenas 2004 el riquísimo legado de la cultura griega (Kokkinidou 2011, 249-251).

martes, 5 de noviembre de 2013

El Mare Nostrum durante Barcelona’92: la apertura


Durante la ceremonia de apertura, justo después de las actuaciones musicales y antes del defile de países y del encendido del pebetero, el grupo teatral La Fura dels Baus interpretó el espectáculo ‘El Mediterrani’, que ahondaba en la idea de unos JJOO ligados a este mar. El motivo oficial que inspiraba esta performance era el viaje de Heracles, el mítico héroe griego, “para conocer los límites del mundo”, según leían en el guión Matías Prats y Olga Viza presentando la retransmisión. Efectivamente, esta figura religiosa era el culto relacionado con las expediciones y colonizaciones por el Mediterráneo oocidental de los navegantes fenicios y griegos de los primeros siglos del I milenio a.C. (Melkart era la divinidad fenicia que los griegos sincretizaron como Heracles y los romanos como Hércules). Y añadían que en este viaje Heracles realizaba “la primera carrera olímpica que parte de Oriente a Occidente”, en referencia a que el poeta Píndaro lo consideró fundador del santuario de Olimpia y de sus Juegos para así honrar a su padre Zeus (Píndaro Odas Olímpicas 6, 65-70 y 10, 24-59).
En un estadio teñido de azul apareció un artefacto con forma humana y que representaba a Heracles en una doble tarea: competir contra otros atletas en esa primera competición de Olimpia y personificar las empresas colonizadoras que cruzaban el Mediterráneo para alcanzar la Península Ibérica. Al llegar al otro fondo del estadio, metáforas respectivas del lejano Estrecho de Gibraltar y de ese mar, el héroe se dispuso a separar las Columnas de Melkart, área en la que se asentaron los colonos fenicios desde el 1000 a.C. Esta región del Extremo Occidente quedaría abierta al comercio y la colonización de las civilizaciones greco-orientales (Domínguez Monedero 2001, 119-131).
El estadio, transformado en el antiguo Mediterráneo (fuente: Barcelona Olímpica)
Se trata de una escena para la cuál La Fura dels Baus emplearon una considerable documentación histórica con la que llevar a cabo una alegoría de la llegada de las civilizaciones greco-orientales a la Península. Aunque se trataba de establecer lazos entre Barcelona 1992 y los antiguos griegos, lo cierto es que en esta performance parecía darse todo el mérito a los helenos a pesar de la importancia colonizadora que también tuvieron los fenicios. De hecho, la ciudad de Barcelona fue fundada como Barkeno (Barcino bajo los romanos) por Cartago, la colonia fenicia en el actual Túnez. Más exactamente, fue el caudillo cartaginés Amílcar Barca quien creó un asentamiento aprovechando las ventajas militares de Montjuïc en el 230 a.C., antes de la II Guerra Púnica. Es decir, el espectáculo supo conjugar las dos tradiciones que atribuían a Heracles la fundación de Barcelona y la de los antiguos Juegos Olímpicos.
A continuación, La Fura dels Baus hicieron surcar ese “Mediterráneo, mar olímpico, mar de la civilización” por una embarcación que simbolizaba “las culturas mediterráneas” y los mencionados navegantes que desde Grecia y Oriente llegaron a las costas catalanas e ibéricas. Durante el duro viaje por lo que simulaba ser las aguas del mar, los actores debían afrontar los peligros que tanto temían los antiguos marineros, como las tormentas y los vientos adversos. Unos peligros que se endurecieron en forma de monstruos, bajo un planteamiento de “un combate entre el caos y la civilización, entre el bien y el mal”. Esta idea presente en la performance era un asunto recurrente en la imagen que tenían los griegos del Arcaísmo sobre la navegación por alta mar, marcada por el temor a lo desconocido. La obra literaria más emblemática de esta época, ‘La Odisea’, es un relato constante de los monstruos y peligros a los que se debió enfrentar el héroe griego en su regreso a Ítaca, como el temible cíclope Polifemo o el canto de las sirenas (Homero, Odisea 9, 177-535 y 12, 39-72).
La intención de relacionar Barcelona con el Mediterráneo antiguo y con los agones de Olimpia cuajó en los visitantes de todo el planeta que asisitieron a la apertura. Según recoge el ‘Official Report’ de los Juegos, el diario alemán Frankfurter Allgemeine informó de ceremonia y el ambiente que se respiraba señalando que “they are the little heroes of the Games. The Barcelona volunteers have put themselves at the service of the fascination of Olympia”, mientras que el italiano Le Figaro decía que “Barcelona is not a city, it is a slogan. Since July 25, Barcelona has been a daily miracle (…), offering the gift of the temples of Olympia: prayer, beauty and genius. It is a gift of the gods”.